Explican las antiguas leyendas una linda historia, que no empieza en la página uno sino en la página dos mil.

En un hogar muy concreto, el anfitrión organizó un gran encuentro con invitad@s de toda la vecindad, siendo esta una extensión muy muy grande. Y aun siendo de la misma vecindad, la mayoría de los seres invitados eran muy diferentes. Unos vivían de noche y otros vivían de día. Unos vivían cerca y otros lejos. Algunos hablaban idiomas parecidos, pero otros ni podían escuchar el idioma de unos. Y en esta gran mesa tan rica en variedad, tuvieron el honor de estar invitados cinco humanos.

El único que sabía de la existencia de todos los seres presentes era el anfitrión de ese hogar, a quien le parecía cada uno de sus invitados una piedra preciosa y única. Y su amor por ellos era tan grande que los invitó para que descubrieran las maravillas de cada ser.

Pero como pasa en las historias que se explican en la página dos mil y no en la página uno, los cinco seres humanos que fueron invitados se sentaron en una esquina de la gran mesa y se pusieron a hablar entre ellos. En algunos momentos se escuchaban y en otros discutían. Pero siempre estaban entusiasmados en conversar sobre sus logros: su viaje a la Luna, que podían ver a otr@ humano a doscientos mil kilómetros de distancia con diferentes aparatos,… Y hasta se rieron junt@s cuando un@ de ell@s comentó:

  • Si nos escucharan en la Edad Media, nos quemarían pensando que somos bruj@s

Pero mientras, los restantes presentes en la mesa mantenían conversaciones para conocerse, mientras observaban sin entender que los humanos estuvieran presentes pero como si estuvieran organizando su propia mesa. De tanto en tanto, les escuchaban dirigirse directamente a algún ser diciéndole:

  • Hemos decidido por mayoría simple que tú te sientas en otro lugar.

Y ese ser se los miraba sorprendido y volvía a la conversación de la gran mesa. Pero cuando ya pasaron unas horas del inicio del encuentro, un ser presente que habitaba más cercano a la vecindad de los humanos tocó en el hombro a uno y les interrumpió su conversación diciéndoles:

  • Disculpad, en esta mesa somos veinticinco seres. Y estamos hablando de organizar unas excursiones con nuestras familias para así entablar mayores alianzas en nuestra vecindad.

De repente los humanos levantaron la vista extrañados y giraron sus ojos hacia el resto de la mesa. Miraban con sorpresa, empezando a ver que la mesa era más larga, que había veinte sillas más y que había cuatro seres sentados.  

Los restantes quince seres, los que podían ver los humanos y también los que no, mantuvieron un silencio comprendiendo que para los humanos descubrir que algo se les escapaba de su entendimiento era su gran motor para crear sus descubrimientos, pero también era su mayor dificultad para poder ver los restantes seres de la gran mesa.

Entonces uno de estos seres confió que ese momento de sorpresa humana los mantenía lo suficientemente silenciosos y quietos, como para que lo pudieran escuchar, y les dijo:  

  • Todos los seres sentados en esta mesa nos hemos ido conociendo y mientras hemos podido ir escuchando todos los descubrimientos que habéis conseguido construir. Pero aún nos ha maravillado más encontrarnos con todos los seres con los que compartimos nuestra existencia en la vecindad.

Y así fue como un ser humano se presentó al resto de seres de la gran mesa.

Y así fue como los humanos dejaron de ver a través de “nosotros” y “el resto”, y hallaron nuevos descubrimientos viendo la gran mesa.

Y así fue como los humanos dejaron de ver sólo a través del entendimiento de sus ojos, si no también a través de una comprensión más profunda.

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